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Hacerse daño con Paula Bonet: una invitación

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Imagen: Noemí Elías
 

“·¿Por qué tengo tantas experiencias literarias sobre la guerra pero ninguna sobre la maternidad?”. Una conversación con la autora de 'La sed' sobre sus futuros proyectos literarios, sobre sus dos abortos, sobre su árbol genealógico y sobre el arte más allá del mercado

Eudald Espluga

15 Abril 2018 09:26

Paula Bonet tiene el pulgar manchado de negro y los pulmones llenos de disolvente. "No sé pensarme sin pintar", dice, y sus palabras suenan como una definición cerrada del universo, que confunde voluntariamente azar y fatalidad. Ha estado en el taller trabajando en L'arbre, un "viaje ascensional en tres actos" que arranca desde las profundidades de la tierra o de la consciencia. "La forma tiene que avanzar con el pensamiento", dice, y también ella se ha visto transformada en los últimos años. "La renuncia es importante para mi. Matar este 'yo' con el que no puedo seguir caminando porque es un lastre, sentir que la piel empieza a descolgarse, o entender que todo aquello para los que nos han educado a las mujeres es falso". Ahora es otra y es muchas. Habla de los nuevos proyectos, de literatura, de feminismo, de su abuelo, de sus dos abortos y de la necesidad de hablar de todo ello.

Una biblioteca para roedores

"El proyecto de Roedores surge en el último año, en el que he entendido qué significaban mis dos últimas obras; en el que he vivido dos abortos; en el que se han muerto mis dos abuelos y en el que mi hermana ha tenido dos hijos. Todo en un año".

Así que Roedores, explica, son muchas cosas: un ensayo sobre la relación emocional, intelectual y anatómica con la idea de ser madre que, sin saberlo, lleva escribiendo desde antes de su primer embarazo. "Tengo un deseo muy evidente y muy visceral con el parto, con el hecho animal de abrirme y parir un ser vivo". Pero también un cuento ilustrado, que nace de esta intimidad con lo materno: "desde que empecé a viajar con 19 años, compraba un álbum ilustrado en cada sitio al que iba. Para mi futuro hijo. Es lo único que hacía". Con el segundo embarazo, decidió comprar un mueble de caoba para reunir todos los cuentos que tenía desperdigados y juntar la biblioteca que llevaba preparándole desde hace casi 20 años. "Pensé que ninguno lo había creado yo. Y entonces se lo hice. Como siempre decía que lo que llevaba en el vientre era como una rata, pinté un libro de roedores: con una nutria, con un ratoncito, con una musaraña. Es un libro acordeón, lleno de anécdotas".

Aunque se publicará dentro de unos meses, Bonet ya se está preparando para cuando salga. "Sé que será muy difícil hablar de él aunque ahora lo haya hecho sin llorar". No hacerlo tampoco es una opción. Supondría esconderse, despistarse, traicionar lo que más valora del arte: su capacidad para nombrar el mundo, crear realidades, tejer experiencias. Sabe que callar es tan político como la afirmación más agresiva. Piensa que el silencio te exhibe de forma lamentable, mediocre, como si hubiera luces de neón iluminando tu mudez. Utiliza palabras duras porque lo suyo no son escarceos sobre teoría estética. Su experiencia, como la de todas las mujeres, ha tenido que partir siempre de la experiencia masculina. "¿por qué tengo que conocer tan bien la atracción sexual del hombre hacia la mujer? ¿Por qué tengo tantas experiencias literarias sobre la guerra pero ninguna sobre la maternidad?". Cuando perdió a su primer hijo, comprendió la crueldad innecesaria de esta invisibilización.

«¿Por qué tengo tantas experiencias literarias sobre la guerra pero ninguna sobre la maternidad?» (Paula Bonet)

"De repente no entiendes nada. Estás medio dormida. Te dicen que has de estar un día sin comer porque has de entrar a quirófano porque te tienen que hacer el legrado. Que después cada cuerpo ya veremos. Que en dos meses te recuperarás y podrás volver a internarlo si es lo que quieres". La incertidumbre dificultó el luto, lo volvió mucho más complejo. Casi nadie sabía que estaba embarazada, su cuerpo todavía no había cambiado. "Cuando pasa la segunda vez, eres consciente de que tú no puedes hacer nada. Sabes cómo responderá tu cuerpo, conoces las hemorragias horribles que duran días. Todo esto yo no lo podía evitar. Pero el silencio que me rodeo los meses posteriores al primer embarazo, sí."

Matar las cosas buenas

Ningún hombre podría escribir Roedores, ni hablar de esta experiencia. Pero tampoco ninguna otra Paula Bonet podría haberlo hecho.

"Soy bastante dura conmigo misma, me hago mucho daño". Se echa en cara cualquier despiste, cualquier desvío, porque no quiere alejarse de aquello que supo que sería cuando su maestro, el valenciano Pepe Biot, lo verbalizó por primera vez: una pintora. Desde pequeña había aprendido el oficio en Vila-real, su ciudad natal, y luego en Valencia, cuando estudió Bellas Artes. "Necesito tocar, necesito aferrarme. Durante muchos años mi formación estuvo encaminada hacia el control de las técnicas, porque como cuando hablas o escribes, sentía que necesitaba tener el léxico, controlar las estructuras si es que después quería romperlas". Aunque si hoy le pusieran una pistola en la cabeza, y le dieran a elegir entre la forma y el contenido, lo tendría claro: el contenido.

Pero entonces llegó la profesionalización, la publicación de su primer libro, las ofertas cuantiosas. Todo de golpe: el éxito y la bofetada. La certidumbre de que se había equivocado. Sus dibujos eran preciosistas, cómodos, inmediatos. "Era como si el envoltorio fuera tan bonito que sirviera de muro para acceder al contenido. The end es un libro en el que hay agresiones sexuales, violencia de género, abuso de poder. Pero se quedó en el qué bonito es”.

«Era como si el envoltorio fuera tan bonito que sirviera de muro para acceder al contenido. The end es un libro en el que hay agresiones sexuales, violencia de género, abuso de poder. Pero se quedó en el qué bonito es» (Paula Bonet)

De esa frustración nació La sed, un libro radicalmente distinto al que le dio a conocer. "Mi respuesta fue volver al grabado, volver a la pintura, y olvidarme de este tipo de línea, de reducir el color a dos manchas". Repitió el gesto de Anne Sexton: matar las cosas buenas. "Como Paula, como persona que camina, me desprendí de un “yo” con el que no podía seguir cargando. Hace diez años era muy influenciable, ahora no lo soy; hace diez años era mucho más sumisa, ahora no lo soy; hace diez años me costaba cuestionar las cosas, ahora lo cuestiono todo".

Pulgares manchados de negro

Más que dar un giro a su carrera, con La sed volvió a sus raíces: "el éxito era saber que no dejaría de pintar, aunque tuviera que dar clases en una academia o trabajar en un estudio de diseño o de publicidad. Toda mi vida había pensando que para mantener la independencia artística tendría que hacer un trabajo paralelo".

Era lo que había hecho siempre su abuelo, aunque ella sólo lo descubriera tardíamente. También era ebanista, como su padre, y "tenía muy clara la necesidad de tener una habitación propia, como decía la Woolf". Además del trabajo que le permitía seguir adelante, hacía tallas por placer: "los últimos años de su vida se dedicó a reproducir en miniatura los muebles que había construido en grande". Supo también que su bisabuelo había estudiado Bellas Artes, pero que por culpa de la guerra ni él ni su abuelo dispusieron nunca de las herramientas para llevas más allá su pasión, y se quedaron en la parte de oficio. "Lo veo trabajando como si meditase. Entraba en un espacio de meditación, muy abstracto, que sólo él entendía”.

«¿Qué hay más libre que el momento de crear? Si no eres libre como autor, si no puedes ser agresivo, si no puedes retratar la mediocridad o ser abiertamente crítico, ¿qué sentido tiene todo esto?» (Paula Bonet)

Ese entusiasmo casi místico es el que siente que ha recuperado ahora. "¿Qué hay más libre que el momento de crear? Si no eres libre como autor, si no puedes ser agresivo, si no puedes retratar la mediocridad o ser abiertamente crítico, ¿qué sentido tiene todo esto?". Roedores es el resultado de esta libertad, pero también lo son Por el olvido, El arbre y la versión ilustrada de El año de el pensamiento mágico: "trabajaré con Joan Didion. Ahí sí que me pongo el traje de ilustradora e ilustro".

Para ella, la libertad es saber que cada mañana puede ensuciarse las manos en La Porteria. Que para hacerlo no depende del mercado, que podrá seguir tejiedo experiencias para las que vengan después de ella. "Quizá parece que ya no doy tanto al público, pero soy más honesta. Aunque las preguntas que ponga sobre la mesa sean crueles, lamentables o no me dejen en buena posición, estoy intentando responder algunas de ellas".

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