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“Un palestino vive en el exilio, incluso en su patria”

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Imagen: Getty
 

El poeta y activista iraní Mohsen Emadi publica un emotivo artículo sobre la poesía palestina actual a través de los versos de Mahmoud Darwish

Luna Miguel

16 Mayo 2018 16:52

¿A quién habla una mancha de sangre?

Es lo que se preguntó el poeta y activista iraní Mohsen Emadi en 2013, durante la escritura de un artículo para la revista Líneas de Fuga, para la que preparó una selección y traducción al castellano de poetas palestinos contemporáneos. Emadi, escritor exiliado que lucha por dar visibilidad a otros escritores que como él han sido reprimidos y silenciados, ha recuperado ahora este texto, movido por la indignación y la rabia tras las últimas matanzas de civiles en Gaza.

Entre la franja de Gaza y la costa —como recordaba el periodista Alberto Sicilia esta mañana en un tuit que se ha vuelto viral— sólo hay poco más de 6 kilómetros de longitud, entre los cuales deben convivir casi 2 millones de palestinos. Si tenemos en cuenta que las autoridades de Israel han declarado como zonas de riesgo cualquier punto que se encuentre a menos de un kilómetro de la gran valla, ¿cuánto aire queda para el pueblo cercado? ¿A qué clase de cárcel se les ha sentenciado? ¿Cómo hemos permitido —otra vez, y otra vez, y otra— que el mar sea sinónimo de alambre de espino y no de libertad?

“En el folklore de mi tierra la sangre tiene memoria. Siempre regresa. Incluso la sangre derramada sobre el suelo del desierto”, escribe Mohsen Emadi. Y en el recuerdo de esa sangre evoca al poeta palestino Mahmoud Darwish, muerto hace ya diez años y eterno enemigo del estado israelí, que le encarceló y persiguió durante años por escribir versos a favor de su cultura y de la libertad de los suyos.

“Cadáveres anónimos / Ningún olvido los reúne, / Ningún recuerdo los separa...”, escribía Darwish en un poema titulado Homenaje a las víctimas de Gaza. Y continuaba: “abrid las rutas para que la mariposa encuentre / A su madre cerca de la mañana, / Para que volemos con la mariposa / Fuera de los sueños, porque los sueños son estrechos / Para nuestras puertas. Eran niños, / Jugaban e inventaban un cuento para la rosa roja / Bajo la nieve, detrás de dos largos relatos / De bravura y sufrimiento. / Luego escapaban con los ángeles pequeños / Hacia un cielo límpido”.

Mohsen Emadi evoca a Darwish y su poesía teñida de referencias históricas para contar cómo durante todo el siglo pasado la poesía que se produjo en su violenta tierra ha estado marcada no ya por chorros de sangre y memoria, sino también por la búsqueda eterna del lugar, la búsqueda incesante de una libertad cada vez más tapiada: “Actualmente, Palestina es una metáfora personificada de todos los exiliados y los desplazamientos de la historia. Un palestino vive en el exilio, incluso en su patria. Vive la forma más primigenia del exilio”.

Y cuál es, entonces, el deber del poeta ahí donde la sangre cuela, donde los cadáveres son anónimos o donde los marineros no tienen ni el hambre ni la oportunidad de añorar su casa. “¿Cómo podemos conocer el cuerpo de la poesía palestina? Partes de ese cuerpo viven en la misma geografía. Pero esa geografía está rota: algunos viven en la ocupación, otros en el Estado israelí. Algunos más están en el exilio y escriben en árabe. Algunos viven en otros idiomas”. Como precisa Emadi —extranjero eterno, traductor de lenguas perseguidas— el mandato de un poeta es el de no callarse.

Aunque lo cierto es que ante esa voz valiente, hay algo mucho más urgente. Y Emadi lo recuerda. Lo subraya. Lo implora: “mientras la poesía de Palestina viva, Troya tendrá su voz. La sangre hablará”. Y nuestro deber es escucharla.

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