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Lo que ganó en Eurovisión fue la hipocresía LGTB+

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/OPINIÓN/ “A los blancos acomodados que fantaseamos con volar hasta Israel un fin de semana nos da igual lo que sucede en Palestina, pero, eso sí, que nadie se atreva a tocarnos nuestros derechos como homosexuales europeos” #CuántaPluma

Rubén Serrano

14 Mayo 2018 19:05

Israel ganó por cuarta vez el festival de Eurovisión el pasado sábado y su victoria ha sacado a relucir la doble vara de medir del continente europeo. Netta se llevó el premio con su canción Toy, un himno autoproclamado feminista, que se suma a la lucha del movimiento #MeToo con frases como “No soy tu juguete, estúpido” o “Barbie tiene algo que decir”. Tras recibir el trofeo, cogió el micrófono y se explayó: “Muchas gracias por aceptar las diferencias entre nosotros. Gracias por celebrar la diversidad. Amo mi país. El año que viene nos vemos en Jerusalén”. Las cuatro frases juntas no pudieron ser más desafortunadas y desleales con la realidad.

El discurso de Netta, al igual que la victoria del país, tiene una doble lectura. La artista de 25 años expresó su alegría porque tanto público como jurado laurearon una propuesta que desafía todos los cánones de belleza. Sin embargo, su discurso sobre amar las divergencias se caía por completo teniendo en cuenta que Israel, el país al que representa, lleva años desplegando su estrategia de pinkwashing, es decir, ondeando la bandera de diversidad sexual para presentarse al mundo como un Estado abierto, tolerante y moderno.

Siguiendo esta línea, la canción Toy viene como anillo al dedo para alimentar la propaganda de modernidad. En el momento actual, tirar del feminismo y de la simpatía hacia el colectivo LGTB+ es el mejor disfraz que podía usar Israel para ocultar a ojos del público más joven las atrocidades que está cometiendo contra el pueblo palestino. Los panfletos rosas han tenido efecto: dos días después del espejismo de Eurovisión, el ejército israelí ha matado a más de 40 manifestantes palestinos.

Pero la polémica no se detiene ahí, porque aunque lo lógico sería que la sede para Eurovisión 2019 fuera Tel Aviv —uno de los paraísos gais del mundo, que acoge la gran mayoría de embajadas internacionales— esa idea ha quedado descartada. Netta lo anunció al ganar y el presidente Benjamín Netanyahu lo confirmó al poco tiempo: el certamen lo albergará Jerusalén, una ciudad que históricamente ha dividido el mundo en dos.

Sin ninguna duda, la ganadora de este año del festival de Eurovisión ha sido la hipocresía. Mientras el Altice Arena abucheaba a Rusia en el momento de los votos como forma de protesta por las políticas anti-LGTB+ de Putin, minutos después Europa entera aplaudía a un Estado opresor. A los blancos acomodados de a pie que fantaseamos con volar hasta Israel un fin de semana nos da igual lo que sucede en Palestina, pero, eso sí, que nadie se atreva a tocarnos nuestros derechos como homosexuales europeos.

Aunque muchos lo vean como un programa de purpurina y confeti, Eurovisión también es un retrato del clasismo y del elitismo en el que se ahoga Europa.

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